Grito perpetuo


Gritan los nativos,

los avasallados por el escarminio.

Los que creían en la Tierra,

en el cielo, la Luna y las estrellas.

Gritan hoy sus nietos,

aquellos que sobrevivieron,

que vivieron de cerca el sufrimiento

de una cultura masacrada

por el ingenio de la necesidad

de querer abarcarlo más.

Gritan los cuerpos olvidados,

fusilados a orillas del rio,

gritan sus heridas abiertas,

cuya sangre teñían las vertientes

generando un oleaje latente

entre gritos de miles de mentes.

¡Gritan!

¡Griten!

Animen sus almas devastadas,

revaloricen sus ganas

de resurgir entre las malvas.

Porque los cuerpos se mueren,

pero la energía persiste,

se enreda entre las ramas de los árboles,

entre las raíces,

entre las hojas que vuelan,

en las miles de mariposas

que polinizan las flores,

y siguen esparciendo por el mundo

la energía que un día se contuvo.

No dejen de gritar,

no paren de creer,

subsistan, persistan,

no digan basta, jamás.

Siembren la semilla de la memoria,

levanten la voz y cuenten su historia,

muestren sus marcas,

esas viejas cicatrices

que un día emanaron fluidos

infectados de odio y engaño.

Pero no enfoquen sus proyectos

en buscar revancha,

que demasiadas vidas se han llevado el barco,

dirigido por el ángel negro

que se lleva lo etéreo,

pero que va dejando a su paso

aquellos rastros de vida,

de viejos,

de niños,

de animales hambrientos.

Vivan en armonía,

con la fuente que vibra.